¡Ostras!
“Cuando estoy abajo... si, pienso. Pensás en tu trabajo, en lo que estás haciendo, a veces en tu familia... se pasa mucho tiempo abajo”
Por Pablo Linietsky. Tres o cuatro horas, a veces más, es lo que pasa bajo el agua Arévalo junto con los otros dos buzos mariscaleros que conforman la tripulación del pequeño barco. Sucede que a veces, la cadena de producción oculta la tradición misma del origen de los alimentos. Los mariscos crecen aferrados al lecho marino y para que salten del océano a la paella -España encabeza la lista de importadores de marisco chileno- buzos plastificados en neoprene los arrancan uno por uno con pinzas construidas a mano para ello.
Diariamente las embarcaciones zarpan de la Caleta Ancud, en el norte de la Isla grande de Chiloe, en dirección al Mar Chileno en el Océano Pacífico.
“Soy el Océano Pacífico. El mayor de todos. Me llaman así desde hace mucho. Pero no es cierto que esté siempre así. A veces me enfado y la emprendo con todo y con todos. Hoy mismo acabo de calmarme de la última rabieta. Creo que barrí tres o cuatro islas y destrocé otras tantas cáscaras de nuez, de esas que los hombres llaman barcos…”
Así abre la Balada del Mar Salado del Corto Maltés y un poco de esa voluntad natural se siente al cruzar el Paso de las Orcas, temerario hiato entre el mar abierto y la bahía de Ancud, obstáculo inevitable que la mayoría de los pesqueros pendulan diariamente. La embarcación, por momentos precaria, se sacude y rechina como un exoesqueleto de los navegantes. Pero esto no alcanza para que Juan, capitan del día, pierda la calma ni que el gesto de su mano en el timón se altere. Tampoco evita que la tripulación vaya desayunando la madrugada en el receptáculo con forma de camarote que hay debajo de la línea de flotación de la “lancha”, como ellos llaman al pequeño barco.
En el Pacífico las cosas se calman. Se elige el lugar propicio, se tira el ancla y comienzan los preparativos: que el compresor de aire funcione correctamente, que los trajes no tengan agujeros, que las pinzas abran y cierren fluidamente. Ajustar, deslizar, soltar, lubricar, precisar, regular. Verbos de taller que, mecidos a unas millas de la costa, resuenan inverosímiles en cualquier errabundo.
Mientras el sol comienza a apretar, los buzos se alistan con los trajes alrededor del cuerpo, la bolsa de red alrededor del cuello y entregan su confianza a los marinos, serenos que los vigilarán y les regularán el aire que llega hasta los más de 25 metros de profundidad en que ya se encuentran. La inmersión fue súbita: desde que los petates estaban listos, un movimiento ágil los devolvió al agua como si el tiempo en cubierta fuera el recreo de una criatura marina. Lo era.
Al cabo de un rato, cuando haga dos horas que el sol dejó vacante el cénit, volverán a la cubierta con varios cientos de kilos de huepos, almejas, machas y otros frutos de mar, además de distintos tipos de algas marinas. Producto vivo, virtuosísmo del lecho, la factura de estos buzos conoce de responsabilidades. Para el que sabe ver, los dominios de sus costas estan parcelados como una pampa inundada de tan húmeda. Debajo, cada equipo de mariscaleros labra a su tiempo un informe lote desalambrado. Ningún desafectado sería capaz de incurrir en zona ajena ni en terreno magro, que descansa hasta recomponer su providencia.
Promediando la tarde comienza el regreso. Una vez más, transitar el incansable Paso de las Orcas, apenas amansado por la luna que comienza a tirar, invisible, hacia la costa. Mientras tanto, en la cubierta, cuchillos se enclavan en el canto de las almejas. Limón y pan, manjar pacífico. Otros prefieren una merienda tradicional, de pan y mermelada. Todos comparten la expresión de agotamiento. Un agotamiento dulce. Pues, muchos buzos incursionaron en otros trabajos; depués del recreo, volvieron a elegir las mañanas del Mar Chileno.



















