Nido Errante, vuelo acertado

La precisión de la deriva

Bajar la mano y apoyar el dedo índice sobre el papel. Se siente calcáreo, seco, indiferente ante el gesto. Desplazarse y dejar que de la yema se desprenda una forma cerrada, digamos, una circunferencia. Hay adentro; hay afuera. Anunciar una geometría en un papel que también habla de un territorio es, en un mismo gesto, fundar un tiempo y un espacio.
En el movimiento que funda el territorio también se funda su propia posibilidad de recorrerlo. Este doble gesto inaugural solo puede ser posible desde el salto loco de una deriva atenta.
A veces los preparativos para un evento tienen el sonido de un motor. Interrumpen el silencio que se desconocía con una rítmica que paulatinamente se acelera. Sube la temperatura de la maquina, se alzan las ansiedades por encontrarse. Con esa dinámica de las cosas nos anunciamos, los convidados a participar de un nido, los unos a los otros, declarando paraderos y formas de movernos para llegar, esta vez, hasta Villa Meliquina.
Me gustan los piratas, y no sólo por su capacidad por ver con un ojo. Los mares, nunca un destino, siempre un camino, supieron permanecer por fuera de todo, hasta muy tarde. Extraterrestres, extemporáneos e inconstitucionales, los océanos eran tierra de nadie. Esto significa: sólo para el que se atreva a llevar su ley no escrita al encuentro con la de otros, y eso sólo puede significar: pirata. La raíz de la voz pirata tiene múltiples proveniencias.

Peiraoo, arriesgar, pyros, el fuego de los incendiarios o peirates, la experiencia de la ventura. Como en el magma de la lengua, la raíz yace reservada para los hablantes sepultados, pero en Nido Errante, sin querer queriendo, actualizamos la etimología de una palabra al investirnos de ignotos piratas.
Los buenos encuentros suelen anunciarse con la sorpresa del azar y desde el aeropuerto las casualidades nos invitaron a pasear.
Igual que el tartamudeo del motor, fuimos llegando acompasadamente de a tandas. Muy pocos conocíamos nuestras caras pero todos nos habíamos leído en el intento de adivinarnos.
Había algo en todo esto que me producía un entusiasmo especial. Los fotógrafos sabemos que nuestra materia prima acontece en un instante, se hace presente en un momento muy singular, y que, por lo tanto, si no apostamos a la visceralidad de la experiencia difícilmente podamos obtener algo. Y creía saber, puedo decir ahora que no estaba mal adivinado, que todos dirigíamos nuestro deseo a Meliquina con el interrogante de ver qué experimentábamos entre nosotros al estar ahí. Esta duplicidad de jugar a ser metafotógrafos me habilitaba una sonrisa interior.
Con “nosotros”, hasta el 5 de marzo por la mañana me habría referido a los 8 fotógrafos participantes de Nido Errante. El 6 de marzo por la mañana podía afirmar convencido de que éramos 10 y que Estrella Herrera y Agustina Triquell hacían la cola para tirarse del mismo trampolín. El 7 de marzo no quedó dudas de que abajo nos esperaba Juan Pablo Luca, anfitrión indiscutible, con la mesa servida de platos compuestos como fotos y con las copas llenas de su propia voluntad.
Tal así las cosas, en el segundo día las cotas temporales parecían haberse mudado y la fecha del encuentro inicial se presentaba en el recuerdo como un acontecimiento remoto, cercano al nacimiento de cada uno.
Nos tocábamos con la confianza de un amor declarado devenido amistad. Eventualmente usábamos las cámaras de los otros sin permisos obviando el recelo idiota pero sagrado que todo fotógrafo guarda sobre su equipo.
Incluso dimos forma a rituales insospechados tales como convertirnos en niños cobijados en la cama por culpa de textos leídos en voz alta cada noche. O insistir en el sonido del descorche cuando los ojos irritados y la putrefacción de las neuronas imposibilitaba avanzar mas allá en nuestras fotos.
La complicidad en el trabajo -colectivo en la responsabilidad, individual en la sensibilidad- se configuró antes de lo esperado.
De acuerdo a nuestras tradiciones, sabemos que un proyecto fotográfico requiere de un tiempo de desarrollo que no depende sólo de la cantidad de horas puestas de trabajo sino también de las otras, las horas en que el resto del mundo trabaja para nosotros.
Pues Sorpresa se escribió con mayúscula cuando el último sábado a la noche, un día antes de que cada uno prenda el motor para volver, con la sensación de que algo pequeño tomaba la forma de una fruta madura, se proyectaron los trabajos terminados para los residentes de Meliquina -muchos presentes en las fotos-, para las piedras -muchas presentes en las fotos-, para los amigos del lugar y para nosotros mismos, y la premisa de que “se habían realizado durante los últimos 7 días en el lugar” se volvía inverosímil con lo que estábamos viendo.
Con la misma irresponsabilidad a la tradición de los tiempos y con la misma avidez incendiaria por la bebida que los piratas, esa noche bailamos y repetimos nuestros rituales de días milenarios. Al día siguiente desayunamos, buscamos las cosas perdidas como si fuéramos a encontrar la pena de irnos, y nos amuchamos en la camioneta de Juampi para volver a pactar la amistad.
Del mismo modo que el burro de arranque prendió el motor, el sol que se ponía nos fue devolviendo al lugar de cada uno.
Justo en ese momento, mientras nos íbamos de Meliquina con Ivana en el bus, ella me dijo: “Viste? tanto que miramos para afuera y las cosas pasan acá”. Entonces me di cuenta que acá eran dos cosas. Un momento de esta tierra sudamericana y un lugar que estaba presente porque se movía, cuya existencia se la debíamos a una coincidencia: la fortuna de que dos mujeres apuesten su deseo volar a la deriva pero dejando que su certeza dé en el blanco y dejar que de la yema de sus dedos se desprenda un circulo con ramas de nido.

Un cuerpo ritual.

Pablo Linietsky

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